PARCELA
Se adquirió y fue siempre un lugar de trabajo, alrededor del cual, se fue sucediendo la vida.
Yo lo pisé por primera vez con 6 meses de existencia.
Aquí la tierra es casi inexistente, porque la roca madre está a flor de piel, pero aún así, tenemos una higuera gigante que nos regala cada año kilos de dulcísimos higos. También hay una morera a la que casi no llegamos porque los mirlos se comen las moras antes de que lleguen a madurar del todo. Tuvimos un limonero, un níspero incluso un melocotonero, que fueron cayendo pasto de sequías, plagas o no saber cuidarlos como merecían. También tenemos un granado con el hueso durísimo, pero con cuyas granadas hacemos zumo en verano y un almendro que es pura aventura, pues de cada 5 almendras, una es auténtica lejía al paladar.
Desde pequeñitos hemos visto a nuestros padres cultivar tomates, patatas, pimientos o berenjenas en un pequeñito recuadro donde la tierra sí lo permite. Una pequeñita parcela que en los últimos años, hemos reordenado, mejorado y trabajado mucho para lograr cosechas más productivas. He crecido con olor a tomatera en mis manos durante el verano y a flor de acacia anunciando la llegada de la primavera.
Con la más que merecidísima jubilación de mis padres, tras una vida entera trabajando literalmente de lunes a lunes, este espacio se ha convertido en el lugar de encuentro familiar. El huerto comunitario, las paellas de los domingos o las tardes de subirnos a arrancar hierbas, podar algún árbol, “echar cemento” en alguna esquina… Siempre se nos inculcó abrazar la vida simple, sin necesitar lujos materiales, sin apariencias y aquí, la historia se sucede así.
En esta parcela no se fumiga. Nunca.
En esta parcela, las malas hierbas solo se arrancan una vez han cumplido todo su ciclo vital, alimentando a aves, insectos y esparciendo sus semillas para el año siguiente.
Aquí vive un erizo que decidió convivir con nosotros desde hace 3 años.
También tenemos un nido de golondrinas en la misma puerta de casa, festejamos su vuelta cada primavera y retratamos a las crías de cada temporada. Son consideradas familia.
Durante las noches, las luces se apagan para que puedan dormir tranquilas.
También anidan todos los años gorriones, petirrojos, carboneros, tórtolas,… Qué egoísta sería decir que este trozo de tierra es solo de nuestra propiedad.
De todas las casas que tenemos alrededor, sin duda somos la más desaliñada, la menos urbanizada, la más salvaje, porque hemos crecido sabiendo que compartimos espacio con otros miles de seres vivos, más grandes y más pequeñitos. Sabemos que el erizo y las golondrinas necesitan bichitos que comer, que las tomateras necesitan abejas y mariposas, que las hormigas necesitan semillas, que los jilgueros necesitan las flores de los cardos. Y todo eso, puede convivir con nosotros.
Llevo 20 años fotografiando eventos y vidas ajenas por profesión e incluso buscando historias ajenas que fuesen interesantes para fotografiar, sin ser consciente de que en realidad, mi historia favorita, la más apasionante para mi, es la de los seres que tengo a mi alrededor, los que me han guiado para construirme tal como soy y que casi todo mi “yo”, se ha forjado en esas menos de 2 tahullas de tierra pobre y reseca.
Así que tras desempolvar la Praktica de 1979 de mi padre, decidí que iba a empezar a retratar la vida en rincón favorito del planeta, que lo haría de forma analógica, abrazando el paso lento y el error. Sin retoques.
Porque nuestro trozo de tierra en el mundo no es perfecto. Mi familia tampoco lo es, ni muchísimo menos yo, así que ¿Por qué iba a tener que serlo la fotografía que nos retratase?